DIAMANTES SOBRE TERCIOPELO NEGRO

Jim Cymbala

September 4, 2021

Charles Spurgeon, el gran predicador británico, habló una vez sobre cómo, cuando un joyero va a mostrar diamantes, los pone sobre terciopelo negro. El contraste de los diamantes con el terciopelo negro resalta el brillo de las joyas. Siempre que Dios va a hacer algo, elige las situaciones más imposibles e improbables porque luego, cuando termina, todos dicen: “¡Oh, qué grande es nuestro Dios!”

Como escribió Spurgeon en su sermón Hojuelas de Miel: “Nuestras debilidades se convierten en el terciopelo negro en el que el diamante del amor de Dios brilla con mayor intensidad”.

Para ser efectivos, especialmente en nuestros tiempos de prueba, Dios tiene que usarnos. Necesitamos el Espíritu Santo; estamos indefensos sin él. Jesús dijo: “Sin mí, nada podéis hacer” (ver Juan 15:5). Es un verso difícil de creer; pero sin Dios, no podemos hacer nada. Esto significa que puedes ser sincero, puedes estudiar mucho, puedes ser celoso por Dios, puedes tener un coeficiente intelectual alto y aún puedes ser ineficaz para el reino de Dios.

Pablo dice en su carta a la iglesia de Corinto: “Nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6). Sin embargo, ¿qué supone eso? Que podemos ser incompetentes. Cuando Pablo dice: “Fortaleceos en el Señor” (ver Efesios 6:10), ¿qué supone eso? Tú podrías ser débil, de lo contrario, él no habría dado la orden en primer lugar.

No puedes usar el positivismo mental y gritar eslóganes cristianos a las cosas y pensar que todo saldrá bien.
Obviamente, queremos ser ministros competentes del nuevo pacto. En este momento, definido bíblicamente, entre el 7,2 y el 9 por ciento de la población es cristiana. Si todos fueran ministros competentes de las buenas nuevas, no estaríamos en esta condición. Ahora podemos hablar sobre impactos espirituales, sobre cuáles son nuestras opiniones, qué libros hemos leído o qué están haciendo mal otras personas.

Al final, Jesús dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Sin ningún fruto, dejen de hablar. Por lo menos tengan la humildad de reconocer: “Tengo que volver a la escuela de Cristo y aprender a ser fructífero”.
Debemos invocar al Espíritu para dar fruto y resplandecer contra las tinieblas.

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